Una enorme riqueza subterránea fogonea el conflicto

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A medida que el mundo intenta dejar atrás los combustibles fósiles, como el petróleo y el gas, estos metales son cada vez más buscados para transportar y almacenar electricidad.

El cobre, esencial para la fabricación de cables eléctricos, batió este año un récord histórico en los mercados mundiales, cotizando a más de 10.000 dólares por tonelada.

El litio es un recurso esencial para la transición energética. Se utiliza para el almacenamiento de energía en baterías o parques solares y eólicos.

En 2020, la Unión Europea lo añadió a la lista oficial de 30 materias primas consideradas “críticas” para su independencia energética, junto con el cobalto, el grafito, el silicio y el tantalio, entre otros.

La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estimó en mayo que la demanda mundial de litio se multiplicaría por 40 de aquí a 2040.

Afganistán dispone “de una enorme reserva de litio, no explotada hasta la fecha”, explica Guillaume Pitron, autor del libro “La guerra de los metales raros”.

Además, las tierras raras como el neodimio, el praseodimio o el disprosio, también presentes en Afganistán, son cruciales en la fabricación de imanes utilizados en industrias del futuro como la energía eólica o los vehículos eléctricos.

Un informe conjunto de la ONU y la UE que data de 2013 estimó en un billón de dólares el potencial de todos los recursos subterráneos del país.

Afganistán, cuya riqueza del subsuelo es legendaria, era hasta ahora más conocido por sus piedras preciosas –lapislázuli, esmeraldas, rubíes, turmalina– y por el mármol. También produce carbón y metales tradicionales como el hierro.

Explotados oficialmente, los yacimientos de piedras preciosas son también objeto de un tráfico ilegal más o menos importante con Pakistán.

Antes de la victoria de los talibanes en Afganistán, China, que ya produce el 40% del cobre del mundo, casi el 60% del litio y más del 80% de las tierras raras, había “apoyado a cierto número de facciones talibanes para que le facilitaran el acceso a ciertos yacimientos especialmente prometedores”, afirma Pitron.

“Los chinos no condicionan sus negocios a los principios democráticos”, añade.

En el caso del cobre, Pekín, que obtuvo una concesión en 2008 para explotar la gigantesca mina de Aynak, a 35 kilómetros de Kabul, estaba desde 2015 en conversaciones con el gobierno depuesto para tratar de obtener enmiendas que permitan la explotación del yacimiento, “bloqueado por diversas razones”, según USGS.

Sin embargo, en la actualidad los expertos sostienen que “no es en absoluto seguro” que Afganistán se convierta en un El Dorado de minerales y en el campo de juego geopolítico de la transición energética mundial debido a las incertidumbres políticas sobre la gestión del régimen talibán. “Se necesita un clima político muy estable”, dice Pitron.

En la minería, pueden pasar 10 o 20 años desde el descubrimiento de un yacimiento hasta su explotación. “Ninguna empresa querrá invertir si no hay un marco político y jurídico estable”, añade.

Algunos inversores pueden preferir elegir fuentes de suministro “un poco más caras, pero más estables”.

Agencia AFP

Fuente: www.ambito.com

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