Una noticia transformadora

Lunes, 6 Agosto, 2018
Autor: 
Pablo Sirven
Fuente: 
La Nación

Algo está funcionando bien en la Argentina de estos días. Muy bien. Aún no llegan a darse cuenta de la dimensión de lo ocurrido los que repiten con candor, o aviesamente, que todos ya sabíamos que había -que hay- corrupción profunda y endémica en la política y en su entramado con cierto empresariado. Como si eso fuera suficiente. Había que probarlo.

En efecto, todos lo intuíamos, veíamos sus consecuencias -más pobres por un lado; más amorales enriquecidos de la noche a la mañana-, pero la Justicia carecía del detalle para incriminar, de quién con quién, a qué hora, dónde y por cuánto. Datos indispensables para avanzar en concreto.

La manía de un oscuro remisero con fines difusos que anotaba obsesivamente cada movimiento de sus jefes y el traslado de monumentales parvas de dinero por un circuito infame terminó convirtiéndose en el mayor mapa de la historia argentina que se haya levantado hasta ahora de la corrupción. Describe minuciosamente el modus operandi de exfuncionarios en connivencia con ejecutivos de empresas contratistas del Estado para delinquir. Pero las esquirlas exceden el epicentro kirchnerista y ya impactan también en importantes compañías en las que algunos de quienes tuvieron comportamientos irregulares son allegados a los que hoy ostentan la conducción política de la Argentina. De cómo avance esta causa sin salvoconductos para aquellos empresarios, también se cifra el futuro y la sanación de la Argentina.

Esta nueva realidad, de enorme potencial transformador, es posible porque el periodista de LA NACION Diego Cabot tuvo la suficiente templanza para anteponer a sus naturales reflejos de publicar cuanto antes el acto de reflexionar cómo hacer para que su descubrimiento no se agotara en una mera primicia que solo hiciera ruido unas horas o unos días hasta diluirse por completo. En este sentido, fue clave que LA NACION acompañara al periodista en todo momento sin presiones de velocidad ni de otro tipo y con absoluta discreción a lo largo de más de medio año.

En la actual instancia tribunalicia, las declaraciones de los dos primeros arrepentidos ya anticipan un previsible efecto dominó que finalmente pueda romper del todo la férrea red silenciosa de complicidades que protege a los corruptos de un lado y del otro.

Cabot afrontó acechanzas de todo tipo: a su integridad personal y a las filtraciones hacia otros medios. O, peor, que su preciado descubrimiento fuese cajoneado o fagocitado por el viscoso trasiego de Comodoro Py. Cuando hay consistente y continuado afán colaborativo entre periodistas investigadores y fiscales y jueces que entienden que sus trabajos son distintos, pero complementarios, y se respetan mutuamente en sus modalidades y tiempos, no hay manera de que la verdad no termine abriéndose paso. Esa potencia lograda en estos días tiene que ver con esa forma de trabajar: la noticia rompe su rutina meramente anecdótica y se convierte en un motor de cambio real que trasciende su propia órbita.

Algo está funcionando bien en la Argentina de estos días. Muy bien. Aún no llegan a darse cuenta de la dimensión de lo ocurrido los que repiten con candor, o aviesamente, que todos ya sabíamos que había -que hay- corrupción profunda y endémica en la política y en su entramado con cierto empresariado. Como si eso fuera suficiente. Había que probarlo.

En efecto, todos lo intuíamos, veíamos sus consecuencias -más pobres por un lado; más amorales enriquecidos de la noche a la mañana-, pero la Justicia carecía del detalle para incriminar, de quién con quién, a qué hora, dónde y por cuánto. Datos indispensables para avanzar en concreto.

La manía de un oscuro remisero con fines difusos que anotaba obsesivamente cada movimiento de sus jefes y el traslado de monumentales parvas de dinero por un circuito infame terminó convirtiéndose en el mayor mapa de la historia argentina que se haya levantado hasta ahora de la corrupción. Describe minuciosamente el modus operandi de exfuncionarios en connivencia con ejecutivos de empresas contratistas del Estado para delinquir. Pero las esquirlas exceden el epicentro kirchnerista y ya impactan también en importantes compañías en las que algunos de quienes tuvieron comportamientos irregulares son allegados a los que hoy ostentan la conducción política de la Argentina. De cómo avance esta causa sin salvoconductos para aquellos empresarios, también se cifra el futuro y la sanación de la Argentina.

Esta nueva realidad, de enorme potencial transformador, es posible porque el periodista de LA NACION Diego Cabot tuvo la suficiente templanza para anteponer a sus naturales reflejos de publicar cuanto antes el acto de reflexionar cómo hacer para que su descubrimiento no se agotara en una mera primicia que solo hiciera ruido unas horas o unos días hasta diluirse por completo. En este sentido, fue clave que LA NACION acompañara al periodista en todo momento sin presiones de velocidad ni de otro tipo y con absoluta discreción a lo largo de más de medio año.

En la actual instancia tribunalicia, las declaraciones de los dos primeros arrepentidos ya anticipan un previsible efecto dominó que finalmente pueda romper del todo la férrea red silenciosa de complicidades que protege a los corruptos de un lado y del otro.

Cabot afrontó acechanzas de todo tipo: a su integridad personal y a las filtraciones hacia otros medios. O, peor, que su preciado descubrimiento fuese cajoneado o fagocitado por el viscoso trasiego de Comodoro Py. Cuando hay consistente y continuado afán colaborativo entre periodistas investigadores y fiscales y jueces que entienden que sus trabajos son distintos, pero complementarios, y se respetan mutuamente en sus modalidades y tiempos, no hay manera de que la verdad no termine abriéndose paso. Esa potencia lograda en estos días tiene que ver con esa forma de trabajar: la noticia rompe su rutina meramente anecdótica y se convierte en un motor de cambio real que trasciende su propia órbita.

Hace más de cuarenta años, dos glorias de la literatura argentina, Jorge Luis Borges y Ernesto Sabato, hicieron algo inusual entre ellos: conversar. En esa era tan anterior a las fake news y posverdades urgentes que imponen las redes sociales con sus intercambios febriles sin mínimos rechequeos ya vislumbraban con lucidez esos dilemas de esta manera:

Sabato: La noticia cotidiana, en general, se la lleva el viento. Lo más nuevo que hay es el diario, y lo más viejo, al día siguiente.

Borges: Un diario se escribe para el olvido.

Sabato: Sería mejor publicar un periódico cada año o cada siglo. O cuando sucede algo verdaderamente importante. " El señor Cristóbal Colón acaba de descubrir América". Título a ocho columnas. ¿Cómo puede haber hechos trascendentales cada día?

Borges: Además, no se sabe cuáles son. La crucifixión de Cristo fue importante después, no cuando ocurrió.

La euforia, la pasión por el oficio de informar y la adrenalina que atravesaron en estos días la Redacción de LA NACION tienen que ver con aquello que reclamaban Borges y Sabato por encima de la cotidianidad periodística: lo extraordinario, el descubrimiento de algo hasta ahora oculto, una oportunidad única para transformarnos de verdad.

Ciertamente es algo que no sucede con frecuencia. Por suerte, el periodismo de calidad que cultiva LA NACION y la sagacidad de sus periodistas a lo largo de 148 años lo hicieron posible en varias ocasiones: la evasión de $8000 millones por parte de Cristóbal López revelada por Hugo Alconada Mon, en 2016, o los sobornos en el Senado, en tiempos de la Alianza, que comenzó a destapar aquí también Joaquín Morales Solá. Y más: LA NACION fue el único diario que en una segunda edición, a las 4 de la madrugada del 2 de abril de 1982, informó al mundo que "tropas argentinas desembarcaron en el archipiélago de las Malvinas", título que dictó José Claudio Escribano, quien once años antes, en estas páginas, había dado otra conmocionante novedad: el hallazgo del cadáver de Eva Perón. O muchísimo tiempo atrás, en 1918, la primicia planetaria del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, gracias al corresponsal en Europa de LA NACION, Fernando Ortiz Barili.

Se habla de que el periodismo tiene fecha de vencimiento: sin duda la aceleran los medios que se manejan de manera artera y con apuros efectistas, y los comunicadores que en cualquier soporte se comportan como meros agitadores mediáticos, de vuelo bajo, que solo funcionan motorizados por amores y odios repentinos.

Larga vida, en cambio, para el periodismo de calidad, con honestidad intelectual y apego al dato certero, que sepa volar alto y por encima de las grietas. En eso estamos.

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