Una bomba de tiempo en el Congreso

Domingo, 12 Noviembre, 2017
Autor: 
Julio Blanck
Fuente: 
Clarín

Hace diez días un mensajero con credenciales indudables le transmitió a Lilita Carrió un deseo del Presidente: que el Congreso despeje de fantasmas los despachos de la Corte Suprema, cerrando de una vez los pedidos de juicio político contra sus miembros. Carrió, se sabe, cultiva una ferviente ojeriza contra Ricardo Lorenzetti. Le ha pedido juicio político al titular de los jueces supremos. Y aunque la diputada tiene aprecio por aquel mensajero, la conversación terminó mal y a los gritos. Ese mismo día, en su cuenta de Twitter, Carrió anunció que se sacaba el bozal que se había puesto en la campaña. Pidió la reelección de Mauricio Macri. Y volvió a embestir contra Lorenzetti.

En la comisión de Juicio Político de la Cámara de Diputados hay 15 pedidos contra la Corte. Doce de ellos son contra los jueces Carlos Rosenkrantz, Horacio Rosatti y Elena Highton por el controversial fallo del 2x1 a favor de represores. Los otros tres son el de Carrió contra Lorenzetti y dos presentados por particulares: uno contra los cinco miembros de la Corte y otro contra tres de ellos.

Alvaro González, un macrista porteño alineado en la cuantiosa escudería de Horacio Rodríguez Larreta, preside esa comisión estratégica. Con largo trayecto en la política, advierte que en los debates de la comisión de Juicio Político se buscan votos, no pruebas. Demasiado riesgo. Puede pasar de todo en ese proceso interminable. Por ahora sigue todo congelado.

Emilio Monzó y Carrió, operando juntos, han salvado varios proyectos que parecían naufragar en el recinto. Pero el jefe de Diputados se sobresaltó esta vez con la explosión en el debate por la emergencia alimentaria, donde Carrió calificó de estúpidos a los progresistas en general y a Margarita Stolbizer en particular. Fue porque se oponían a facilitar que las cadenas de supermercados puedan donar alimentos. Prefieren que la gente con hambre vaya a buscar comida en los basurales, castigó Lilita.

Carrió preparó su proyecto junto con la Fundación Rosario, una entidad de jóvenes cristianos, buena parte de ellos empresarios, que trabajan en la donación de alimentos con los que asisten a más de 100.000 personas. Eso, en un país donde cada año hay 16 millones de toneladas de comida tirados a la basura.

El proyecto volvió a comisión y la sesión tuvo que ser levantada ante la teatral indignación opositora. Después Margarita acusó a Carrió de parecerse a Cristina. Y Carrió dice que Stolbizer es buena, que no tienen desacuerdos, pero que la pueden sus celos hacia ella. Nada que no hubiese ocurrido antes o que pueda volver a ocurrir en otro momento. Pero este momento en particular contiene una alta sensibilidad política.

Macri necesita que el Congreso suene como una orquesta sinfónica sin desafinaciones desde aquí hasta Navidad. Buena parte de los acuerdos que está enhebrando con los gobernadores, la CGT y los empresarios, para poner en marcha su programa de reformas, se expresarán en leyes. Las quiere tener aprobadas antes de fin de año, aprovechando el impulso de su victoria electoral de octubre.

El Gobierno aumentó su masa crítica de poder político y la oposición peronista quedó golpeada, sin liderazgo y con la sensación de que la estancia fuera del poder se prolongará al menos cuatro años más de lo deseado. En ese contexto, se extiende un clima de negociación que alienta aquella expectativa de Macri.

La contracara son los problemas naturales del Congreso, donde 257 diputados y 72 senadores suelen ser solistas de egolatría robusta, atentos a sus intereses y no siempre dispuestos a ejecutar una partitura colectiva. El Gobierno tiene allí una bomba de tiempo que necesita desactivar sin demora.

El plan parlamentario contempla que las leyes fiscales y tributarias entren por la Cámara de Diputados y las de orden laboral y previsional lo hagan por el Senado.

Los diputados presididos por Monzó van a sesionar después del 10 de diciembre. Ya habrán asumido los nuevos legisladores y Cambiemos aumentará su número hasta convertirse en una cómoda primera minoría. Tienen planeadas tres sesiones antes de las fiestas navideñas. Allí deberán aprobar los proyectos que les mande el Gobierno y ratificar los que lleguen del Senado. Cualquier traspié los hará caerse del almanaque.

Cambiemos tendrá casi 110 bancas y espera sumar como aliados en votaciones importantes a legisladores de fuerzas locales que gobiernan provincias, como Santiago del Estero, Misiones o Neuquén. Le faltarán mucho menos votos ajenos que hasta ahora para alcanzar la mayoría. Los acuerdos le van a salir más baratos. Pero sigue obligado a negociar.

Si el peronismo consigue hilvanar un interbloque razonable, con diputados que tengan a sus gobernadores como referencia, más los desprendimientos finales del viejo Frente para la Victoria y los que lleguen del Frente Renovador de Sergio Massa o el PJ-Cumplir de Florencio Randazzo, podría completar más de 40 bancas. Tomará un valor especial si consiguen incluir en esa construcción al tucumano Juan Manzur y al formoseño Gildo Insfrán. Seria la segunda minoría y ya se perfila para conducirlo el salteño Carlos Kosiner, hombre de Juan Manuel Urtubey.

El bloque ultra K será más chico y más duro, porque se habrá depurado del peronismo territorial que ya no reconoce a Cristina como líder. El santafesino Agustín Rossi podría ser presidente de esa bancada.

Con los números a favor, a Monzó le preocupa sobre todo conservar la disciplina política en Cambiemos. En el bloque oficialista hay quienes le proponen armar un pelotón de diputados que confronten duro y a toda hora con los opositores. Les teme a los “próceres” que llegan al Congreso pensando en el lucimiento propio. Necesita convencer a todos de que el lucimiento político habrá que dejárselo a la oposición, porque el objetivo como oficialismo es conseguir la aprobación de las leyes.

En el Senado manda Miguel Pichetto, ratificado como el líder de la oposición constructiva y desde diciembre también con fuerte influencia entre los diputados peronistas. Los senadores proyectan tratar los temas sensibles sobre sindicatos y jubilados antes del 10 de diciembre. Esto es, antes que Cristina Kirchner llegue a su banca, obtenida en representación de la minoría bonaerense.

El bloque peronista/kirchnerista está fracturado de antemano. Cristina, con Unidad Ciudadana, podrá liderar apenas a unos 10 senadores. Pero el peso de su figura asusta a los acuerdistas y los obliga a acelerar el paso. También allí se corre contra el tiempo, porque todos quieren dejar el paquete de acuerdos abrochado y con moño para Navidad. Nunca se sabe hasta cuándo durará el envión que el Gobierno extrajo de las urnas.

Pichetto y el Gobierno confían en que las negociaciones por los cambios jubilatorios y laborales terminen con resultado positivo en las próximas dos semanas. Macri está apurando a los gobernadores peronistas para que pongan la firma en la reforma previsional. De allí deberían salir los recursos que compensen la millonada que se irá hacia la provincia de Buenos Aires para devolverle a María Eugenia Vidal el Fondo del Conurbano.

El Presidente quiere que si hay acuerdo todos se comprometan. Además, un frente acuerdista sólido, expresado en votaciones de amplias mayorías en el Congreso, puede ser una barrera eficaz contra la segura judicialización de las reformas más sensibles. También para eso a Macri le interesa ayudar a que la Corte Suprema pueda enfocarse, tranquila, en las cuestiones centrales para el interés del Estado. Todo tiene que ver con todo.

Muy lindo el plan. Pero lo que está fuera de control es el factor Cristina. Como bien dicen los jefes del Congreso, ella sola, con su presencia y su verbo inflamado, es capaz de emputecer la sesión más prolijamente preparada.

Por cierto, la notable aceleración judicial –que bordea a la vez el vértigo y la vergüenza- le corroe cada día la base de sustentación, cerrando el cerco de los expedientes sobre la mega corrupción reciente.

Y aunque Cristina sigue siendo la referencia central para una porción social minoritaria pero muy intensa, la pérdida de gravitación, acentuada por su caída electoral en octubre, le está fumigando buena parte de la adhesión política.

Se vio el jueves, cuando el intendente peronista Mario Ishii inauguró en José C. Paz un hospital oncológico de alta tecnología, construido gracias a un acuerdo con China. Al acto fueron invitados Vidal, Cristina, Eduardo Duhalde y Fernando De la Rúa. También intendentes del Gran Buenos Aires. “El cáncer no es de ningún partido político” fue la explicación un tanto contundente de Ishii.

De los nombres principales solamente estuvo Cristina, que el día anterior anunció en las redes sociales su presencia, en viaje directo desde los tribunales de Comodoro Py. Cuando se confirmó que ella estaba en el acto Duhalde y su esposa Chiche dieron media vuelta y volvieron a su casa. Lo mismo hicieron al menos dos intendentes peronistas. Y otros dos le avisaron a Ishii que con Cristina no querían ni una foto. Apenas fueron dos: Walter Festa, de Moreno, y Francisco Durañona, de San Antonio de Areco, ambos de La Cámpora.

La derrota siempre es cruel.