¿Macri revierte una derrota?

Lunes, 2 Abril, 2018
Autor: 
Eduardo van der Kooy
Fuente: 
Clarín

Existe un dato oculto que entusiasma más a Mauricio Macri y a Cambiemos que las buenas noticias, aún circunstanciales, que divulgó el Indec sobre la disminución de la pobreza y la creación de empleo. Aquel dato figura en una de las tantas planillas sobre el comportamiento de la opinión pública que al Gobierno le encanta hurgar. ¿Qué revela? Que la aprobación presidencial en baja desde diciembre y amesetada en febrero comenzó a repuntar en un segmento clave: el de los ciudadanos mayores de 50 años. Una tendencia menos pronunciada se verifica en el segmento entre los 30 y 49 años. En cambio, continúa la caída en la franja social que abarca de los 18 a los 29 años. El trabajo corresponde a la consultora Poliarquía.

¿Por qué tanta algarabía oficial por el respingo de un sector –el de ciudadanos mayores—que representa una minoría en el espectro electoral? Sencillo: allí están los jubilados. La mejor percepción sobre Macri comenzó en febrero y se consolidó en marzo. Coincide con el primer cobro de haberes que recibieron de acuerdo a la nueva fórmula que estableció la reforma previsional. La última gran batalla en el Congreso que el Gobierno parecía haber perdido en la opinión pública. La última vuelta de tuerca que ensayó también la oposición intransigente (el kirchnerismo y la izquierda) para colocar en jaque la gobernabilidad del Presidente. Se trató de una batalla parlamentaria, también salvajemente callejera.

De hecho, desde entonces, la oposición política decreció en intensidad. El peronismo, el kirchnerismo y Cristina Fernández quedaron enredados en su interna. El Gobierno se complicó solo por sus errores y escandaletes. Pero a partir de este nuevo panorama supone dos cosas. Que las aseveraciones opositoras irán menguando su credibilidad. Que el relato oficialista recobrará energías en una coyuntura crucial. Asoman señales favorables en materia económica y social cuando todavía quedan por recorrer meses áridos. Con fuertes ajustes de tarifas (40% sólo en gas) y la pretensión de un achique del Estado. El latiguillo del “buen camino” adoptado que le gusta blandir a Macri podría poseer caladura social.

El Gobierno observa además un paisaje popular menos conflictivo. Quizás atizado por un éxito político parcial. Dos tercios de los gremios, con más y con menos, cerraron sus paritarias en torno a la meta inflacionaria del 15% que se estipuló para el 2018. Todas incluyen la cláusula de revisión. Poquitas, el mecanismo del gatillo que imperó el año pasado para moderar los conflictos cuando se debía votar. De todos modos, se comprueba en el poder una suerte de espejismo sobre la paz social.

La consultora Diagnóstico Político, reveló que durante febrero aumentaron un 6% los piquetes en el país en relación al mes anterior. Pero en la comparación interanual tal crecimiento se estiró hasta el 56%. Quizás influya la referencia: el 2017, con 5.221 piquetes nacionales, fue el año de menos bloqueos desde el 2011. En la composición de las protestas, sin embargo, se registran variaciones que reflejan los nuevos acomodamientos que van insinuando las políticas de Macri. Los trabajadores estatales treparon al primer lugar. Las demandas vecinales se colocaron segundas. Los piqueteros y organizaciones sociales quedaron terceros. Los trabajadores privados aparecen lejos de todos los demás. Aunque hayan tenido con seguridad la manifestación más multitudinaria: aquella que encabezó Hugo Moyano, de la que se colgaron casi todos los opositores.

De modo incomprensible, a lo mejor, el Gobierno se podría estar disparando en los pies de su propia confianza. Los datos sobre la baja de la pobreza al 25,7% en el segundo semestre del 2017 (la primera medición de su ciclo comunicó 32,2%) contó con un apuntalamiento inestimable. El de Agustín Salvia, director del Observatorio de la Deuda Social de la UCA. Que fue implacable, cuando las cifras resultaron peores, con Cristina y con el propio Macri. El rector de aquella casa educativa es el sacerdote Víctor Manuel Fernández, designado por Francisco, el Papa. De quien es amigo personal.

El tropezón del Gobierno podría sobrevenir a raíz de un anuncio inoportuno y una rencilla en ciernes. Jorge Todesca, el titular del Indec, anticipó la posibilidad de cambios en el organismo. No especificó de qué orden. Pero echó sombras sobre la credibilidad de la institución que supo reconstruir el oficialismo después del desquicio que heredó de Guillermo Moreno. La oposición está presta para sembrar dudas. ¿Querrá el Gobierno un control férreo sobre el Indec? ¿Lo intentará en previsión de que los meses venideros diluyan el optimismo presente? En verdad, parece descubrirse en el interior del pleito más que nada una puja de poder. Nicolás Dujovne, el ministro de Hacienda, pretende que el Indec pase a depender de su cartera. Como fue la tradición hasta que irrumpió Moreno. Todesca aspira a reportar directamente a la Presidencia. A la Jefatura de Gabinete. Marcos Peña encomendó a su segundo que salde con guantes de seda esa diferencia. Fernando Sánchez, el ex diputado de la Coalición, está encargado de la tarea.

Otra discordia circula en el interior de Cambiemos. Es por el aumento del 40% del gas que anunció el ministro de Energía, Juan José Aranguren. Elisa Carrió y el radicalismo gestionaron la posibilidad de que el incremento se aplicara fraccionado. Para atenuar el impacto seguro que tendrá sobre la inflación. Si se suma este aumento con el que se aplicó el último diciembre existiría un acumulado del 100% en cuatro meses. Pero Macri laudó a favor de Aranguren.

El traspié de los socios esconde otro problema. En ese caso corresponde excluir a Carrió, más inquieta por asistir al mandatario con el desbarajuste que advierte en el vínculo con el Poder Judicial. No le ocurre lo mismo a los radicales. No sólo se quejan por la falta de presencia partidaria en casilleros del Poder Ejecutivo. También, por la ínfima participación en decisiones importantes. El lamento está permanente en la cabeza de Alfredo Cornejo, gobernador de Mendoza. Y derrama entre sus filas. Días pasados hubo un acto institucional en un teatro de la capital cuyana donde, inesperadamente, sonó el hit del verano que nació en las canchas de fútbol y condena a la figura presidencial.

El radicalismo refiere al 2,4% de inflación en febrero y a un índice también elevado en marzo para plantear su disidencia con el golpe de Aranguren. Sobre todo, porque todavía no están en vigencia los nuevos salarios de aquellos gremios que cerraron paritarias. Macri no ignora esa realidad pero prefiere clausurar los ajustes de tarifas lo antes que se pueda. Porque está muy claro –se advierte con los jubilados—que el humor social sube y baja de acuerdo a la gordura del bolsillo. Cuanto más veloz pase el mal trago, según su criterio, mucho mejor para encarar el próximo año electoral. Que será en el que apueste a la reelección. Confía menos, después de la debacle ante España, que la selección de fútbol de Jorge Sampaoli y el Mundial de Rusia puedan ser un amortiguador para los malhumores populares.

El Presidente está inmerso en el mundo de la gestión. Aconseja lo mismo a sus ministros con una frase que sorprende: “Hay que olvidarse de Cristina”, repite. Interviene incluso personalmente en temas que llaman la atención. Hace semanas que se reúne con las cámaras frigoríficas para intentar ordenar la actividad del sector. Que también destruyó Moreno. Repasa números que, a veces, le provocan perplejidad. Por ejemplo: en la provincia de Buenos Aires hay aproximadamente 45 mil carnicerías. Apenas 8 mil de ellas facturan con normalidad.

Se entera de otras realidades que también lo incomodan. Tienen relación con la actividad económica en el interior. No concibe que sólo el 4% de la mano de obra en Tierra del Fuego esté empleada en el turismo. Cuando Ushuaia es un formidable polo de atracción. Rogelio Frigerio, el ministro del Interior, trabaja a propósito con la gobernadora peronista Rosana Bertone. Tampoco entiende que la provincia insular esté ajena a la actividad de abastecimiento de todas las bases antárticas mundiales, incluida la de la Argentina. Es un negocio que mueve anualmente US$ 1.500 millones. La logística principal se opera desde Punta Arenas, en Chile. Cuando Tierra del Fuego tiene mucha mayor proximidad geográfica al continente de hielo.

Sus contactos con el peronismo poseen un reflejo parecido. Se reunió con Miguel Angel Pichetto para hablar, en esencia, de la postulación de Inés Weinberg de Roca en la Procuración General. La mujer que debe sustituir a Alejandra Gils Carbó. El Presidente despejó una duda que habría planteado el senador del PJ. Nunca sobre los pergaminos impecables de la mujer sino sobre su adaptación al enlodado mundo de la corporación judicial. “Es de gran tenacidad. Es una topadora”, lo disuadió. Nadie lo admite, aunque del diálogo habría alumbrado un acuerdo embrionario. Weinberg deberá sortear todas las exigencias del Senado. Si lo logra, su segundo podría resultar el fiscal Raúl Pleé. Es el titular de la Fiscalía General ante la Cámara de Casación que aspiraba al sillón vacante de Gils Carbó. Un hombre del riñón de la Justicia tradicional que también ha sabido expandirse en la política. Estaba como postulante en la nómina de peronistas, radicales y hasta hombres de Cambiemos.

Peña, en medio de los quehaceres, le acercó a Macri un hipotético calendario electoral para el año que viene, en el cual habría a priori numerosos comicios desdoblados. Lo miró apenas por encima. Queda mucha agua por correr.