Lo bueno y lo malo para la Argentina

Domingo, 13 Mayo, 2018
Autor: 
Rodolfo Terragno
Fuente: 
Clarín

Lo que es bueno para la Argentina es malo para los argentinos. O así parece. Esta paradoja ha trabado durante años nuestro desarrollo económico. Al país le conviene (hasta cierto punto) un dólar caro; a la gente le conviene (hasta cierto punto) un dólar barato.

¿Por qué barato? Para empezar, porque tenemos “memoria inflacionaria”: es difícil olvidarse de las grandes inflaciones, y menos de las “híper”. Es que la gran inflación recalienta precios y derrite sueldos, todo a gran velocidad. Por eso vivimos con miedo a que se repita.

Para cubrirse, todo el que puede ahorrar algo lo “mete” en dólares. Cuanto más barato esté el dólar, más podrá comprar y más seguro se va a estar. Luego, si el dólar aumenta igual que los precios, con cambiar dólares por pesos no perderá nada. Y hasta puede ganar dinero, si es que el dólar (como ha ocurrido algunas veces) sube más que los precios.

En la Argentina tuvimos por mucho tiempo un dólar artificialmente barato. Y muy barato. La gente que podía ahorrar viajaba por el mundo porque, antes de salir, iba al banco con 1.000 pesos y se llevaba 1.000 dólares. Y los que se quedaban aquí podían darse el lujo de comprar los mejores productos extranjeros, en muchos casos más baratos que los nacionales.

El dólar barato era una maravilla.

Pero el dólar barato tiene un problema: no dura. Y si los gobiernos hacen todo lo posible para que no suba, el día que se terminó la fiesta se produce un terremoto.

¿Por qué no dura?

Por lo mismo que antes: los argentinos podíamos viajar por el mundo y comprar aquí prestigiosos productos importados. Cuando para nosotros el dólar es muy barato, para los extranjeros el peso es muy caro. Eso hace que muchos no vengan a la Argentina, o que no compren productos argentinos en sus países.

Así, en todo. Cada vez exportamos menos e importamos más. Con lo cual, el país recibe menos dólares (por las exportaciones) y pierde más dólares (por las importaciones).

También pierden los fabricantes, que no pueden competir con los productos importados que son falsamente baratos, y los fabricantes que quiebran y dejan gente en la calle.

En esas situaciones, los dólares se escapan por todos lados. Un día al Banco Central se le están acabando los dólares. Que son las reservas, sin las cuales no puede funcionar la economía. Ese día, el Banco dice: “No vendo más. Me quedo con lo que tengo y por ahora no voy a dejar que la gente guarde o se lleve sus dólares”. Eso se llama “corralito”.

Y otro día dice: “No tengo para pagar las deudas con el exterior. No pago”. Eso se llama “default”. Y por último dice: “Voy a vender, pero a 3, no a 1”. Eso se llama “devaluación”.

Es lo que nos pasó a fines del 2001 y principios del 2002.

Los que tenían dólares, o deudas en dólares, no pudieron contener su ira. Y la idea de estar viviendo un desastre sublevó aun a quienes sólo tenían pesos. La gente quería asaltar los bancos y pedía a gritos “que se vayan todos” (los políticos).

Pero la culpa de una gran devaluación la tiene el quien mantuvo el dólar artificialmente barato por mucho tiempo.

Y con todo lo trágico que fue lo que padecimos entonces (y los graves perjuicios sociales que tuvo la tragedia), en el largo plazo el país se benefició. En el 2000 estaba en recesión y tenía un desempleo que rozaba el 25 por ciento. A partir de la devaluación empezó a crecer a un ritmo notable, y el desempleo a bajar. Claro que no se trata de que el gobierno “ponga” el dólar caro y ya está. Así sería muy fácil. Además, según se haga, la decisión puede ser exitosa o contraproducente.

En primer lugar, un gobierno no puede “poner” el dólar como se le antoje. Tiene métodos directos e indirectos para subirlo o bajarlo, pero con límites.

El valor del dinero depende de muchas cosas: la productividad, la capacidad de producción, la inversión, la deuda externa, las tasas de interés, las finanzas públicas, el comercio internacional y el valor del dólar en los países con los que tenemos comercio.

Una gran devaluación, que ignore todas esas restricciones, puede disparar la inflación, cosa que no ocurre con las pequeñas devaluaciones cuando se las hace con pericia, en el momento oportuno y con el propósito de llegar a un punto de equilibrio; es decir, a que el precio del dólar no castigue ni a las exportaciones ni al consumo interno.

Un experto en economía internacional, el profesor de Harvard Jeffry Frieden, sostiene que, mientras tanto, un gobierno debe estar dispuesto a pagar costos políticos que pueden ser muy altos.

Según Frieden, el dólar caro “es una buena idea y ha sido crucial en el exitoso crecimiento de Corea del Sur Taiwán y, más recientemente, China”. Pero en ciertas circunstancias suele producir inflación y, en el corto plazo, eso perjudica a la gente del país.

Frieden advierte que no hay forma en que los gobiernos puedan evitar una muy difícil opción: “O fortalecen la moneda propia”, haciendo el dólar más barato para que la población esté satisfecha, o debilitan la moneda (haciendo que el dólar sea caro) “para favorecer el crecimiento económico”.

Cada gobierno ensaya modos distintos de llegar al equilibrio: unos fijan ellos, a su arbitrio, el precio del dólar. Otros lo dejan libre, para que el precio lo determine la oferta y la demanda. Y hay los que lo dejan libre hasta cierto punto: le ponen un piso y un techo. Hasta hay los que lo tienen bajo control, pero hacen que crezca “en cuotas fijas”, una cada tanto.

Es, como dice Frieden, una difícil tarea. El dólar barato da popularidad. El caro la quita. Si el gobernante cree que lo ideal para el país es caro, tiene que tener espaldas para soportar el descontento.

En el largo plazo, la paradoja desaparece. Al favorecer el crecimiento económico, el dólar caro termina siendo bueno para la gente.

Sólo que lo malo queda siempre a la vista, y para lo bueno hay que tener paciencia.

Rodolfo Terragno es político y diplomático. Embajador argentino ante la UNESCO.

 

 

 

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