El problema es el equipo

Martes, 2 Enero, 2018
Autor: 
Eduardo van der Kooy
Fuente: 
Clarín

El Gobierno debió sincerar un problema. Aunque dejó en evidencia otro, de vieja data. El cambio de las metas inflacionarias, del 12% al 15% para el 2018, resultó una salida forzada por la realidad económica. Su instrumentación repuso uno de los inconvenientes del diseño político que ideó Mauricio Macri en un sector crucial de la administración: el de las decisiones económicas compartimentadas.

Esa situación quedó registrada, como un símbolo, en los actores numerosos del anuncio. Hizo falta la presencia del jefe de Gabinete, Marcos Peña; del titular del Banco Central, Federico Sturzenegger; del ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne y del titular de Finanzas, Luis Caputo, para comunicar la novedad. La estética forma también parte del mismo problema.

El Presidente sigue convencido de que la existencia de un equipo es más útil que el clásico Ministerio de Economía unipersonal. Eso explicó la presencia de Peña. El funcionario tradujo el laudo de Macri ante la existencia de líneas divergentes en aquel equipo. Donde Mario Quintana, el ministro coordinador, talló en las sombras con mayor firmeza. Caputo nunca congenió tampoco con la estrategia monetarista de Sturzenegger para controlar la inflación. Dujovne gambeteó lo que pudo esa disputa y se enfocó en la reducción del déficit fiscal y el recorte en los gastos del Estado. Pero a la hora de la verdad le tocó una tarea ingrata: debió defender en Diputados y el Senado las metas del Presupuesto aprobado la semana pasada. Tuvo que lidiar con la oposición intransigente. Y aferrarse a una meta inflacionaria del 10% que el propio Gobierno se ocupó de tumbar un día después.

También aquella convicción del equipo sufrió otro desmedro. La división del área económica había convertido a Sturzenegger, por peso específico y decisiones, en una figura que objetivamente estaba un peldaño por encima de los demás. Ya no lo estará luego de que Peña lo instó a recalibrar las pautas inflacionarias y a buscar para combatirla recetas heterodoxas que no se anclen sólo a las tasas de interés.

Habría quedado en tela de juicio, además, un pensamiento de Macri. Que la baja de la inflación iba a representar un estímulo para las inversiones y el crecimiento. Para eso se hacía necesaria –a juicio suyo-- la autonomía del Banco Central. Observar a Sturzenegger junto a Peña, Dujovne y Caputo empalidecen dicha pretensión. Quizás haya tenido razón el paladín de los senadores peronistas, Miguel Angel Pichetto, cuando en el debate sobre el Presupuesto alertó que Sturzenegger parecía el jefe del Banco Central de Alemania. Es decir, otro contexto y otro mundo. Donde cualquier movimiento monetario no incide, como aquí, de modo sustancial sobre variables macroeconómicas que están siempre al borde de un precipicio.

Las conducciones colegiadas suelen causar otros desajustes. Se hicieron visibles durante todo el año. El Banco Central llegó a llevar las tasas de interés hasta el 29% con el propósito de secar la plaza y asestarle un mazazo a la inflación. Al mismo tiempo el Banco Nación y el Banco Provincia –estatales-- estimularon créditos y promociones que hicieron repuntar el consumo, sobre todo en los meses de la campaña electoral. De idéntico modo, el ministro de Energía, Juan José Aranguren, progresa con planes ineludibles de ajuste de tarifas que tiene calendario para todo el 2018. Los principales, debido a la herencia desastrosa, radican en la energía. Pero cada tanto aflora alguna sorpresa. A comienzos de este mes se registró un aumento de las naftas, cuyas secuelas engrosarán el índice inflacionario de diciembre. La inflación anual terminará en 2017 alrededor del 24%. La banda oficial había sido establecida entre el 12% y el 17%.

Otra dificultad está representada por el endeudamiento. También inevitable para hacer frente al déficit fiscal. El ingreso de millones de dólares inunda el mercado pero empuja su valor hacia abajo. Sufre de esa manera la producción y la competitividad. Se resienten las economías regionales. Las importaciones pasan entonces a constituir un bien deseado.

El déficit de la balanza comercial (la diferencia entre aquello que se compra y se vende) trepó entre enero y noviembre de este año a US$ 7.656 millones. Se trata de un vuelco brusco: en 2016 esa misma balanza exhibió un superávit de US$ 1.935 millones. Aquella mutación la explica el intercambio comercial con los tres socios principales que tiene la Argentina. Con Brasil el déficit de la balanza se incrementó en un 90%. Con China en un 35%. Y con Estados Unidos en un 26%. Las importaciones de bienes de capital aumentaron un 25,5%. No sería una mala noticia. Pero las compras de bienes de consumo en el mismo lapso (enero-noviembre) escalaron al 21,1%. Diseminados de esta forma: textiles un 24,8%; calzado un 14% y productos alimenticios y bebidas un 29,2%. Datos preocupantes, sin duda, para la productividad y el empleo.

El Gobierno intenta con el viraje anunciado mantener la política gradualista dentro de un modelo más flexible, donde la lucha contra la inflación no cercene el crecimiento. En clave política, eso remontaría la posibilidad de reelección del 2019. Volvería además la idea del valor del dólar administrado. Encerraría una ventaja: podría orientar los capitales hacia la inversión. Hasta ahora fluían sobre el terreno especulativo con un mecanismo simple: los dólares ingresaban, se convertían a pesos, especulaban con las elevadas tasas de las Lebac del Banco Central, acumulaban ganacias opulentas y emigraban. La nueva opción también tendría su costado frágil: convivir tal vez con una inflación más alta de la que se venía pregonando. De hecho, la ambiciosa meta del dígito fue pospuesta para el 2020. Cuando haya finalizado el ciclo de Macri. O, según los optimistas de Cambiemos, en el primer año de su segundo mandato.

La decisión económica del Gobierno combina la necesidad de animar la producción y estrechar el gasto público con el diseño del panorama político que despuntó luego de los comicios de octubre. Cambiemos salió fortalecido en la opinión pública y en las bancas del Congreso. Pero esa mejoría tuvo un correlato sólo parcial en los objetivos de la gestión.

Es cierto que 2017 resultó un año electoral decisivo. Trampolín también para aspirar a más. Macri aseguró la gobernabilidad y abrió el horizonte de su posible reelección. Pero el año próximo no se avizora más sencillo. Aunque no haya que votar. Será el prólogo de la renovación presidencial. La idea fija para quienes están en el poder. También para quienes casi con desesperación desean abandonar el llano. El sistema electoral argentino nunca concede respiro. Parece haber surgido de las entrañas de una trampa.

Tal realidad significa una atadura para cualquier economía. En especial con gobiernos que, como el de Macri, no representan un poder hegemónico. Todo lo contrario. ¿Qué inversor estaría dispuesto a colocar su capital por largo tiempo en una nación flameante y con aquellas reglas de juego electorales?

Peña proclamó que el paquete reformista continuará. Pero esa pretensión requerirá de una plataforma política que Cambiemos por sí sola no posee. Al Gobierno le resultará complejo sostener los hilos con la oposición. El Presidente logró al final de este año aprobar, con más y con menos, la mayor parte de las propuestas que lanzó. Contó con la colaboración de un sector del peronismo que el año que viene estará obligado a atender otro juego. El de la concreción de un liderazgo renovado y un armado electoral que resulte competitivo.

El enigma peronista es otro problema para cualquier visión sobre el futuro nacional. Hay un grupo de gobernadores, de provincias con escaso músculo, que aspiran a hacer del PJ un partido previsible. Pero está también el otro sector, que lidera Cristina Fernández, cuyo único objetivo sería la reposición del pasado. El mismo que lo condujo a la derrota. Aquel que abrió una herida aún incurable en la sociedad.

Ambas visiones fueron expuestas en la última sesión del Senado. La ex presidenta proclamó que fue votada para oponerse a todo lo que proponga el Gobierno. Pichetto sostuvo, en cambio, que el bloqueo permanente no constituye una opción para el andar normal de una democracia. ¿De qué bando aflorará el vencedor?

Dirigentes peronistas iniciaron el rastreo de una síntesis. Porque parten de una convicción: formateado como ahora, el PJ correría en 2019 el riesgo de otra gran decepción. Carece de una propuesta y de candidatos atractivos. Sobre todo en los distritos clave. En Capital manda con holgura el macrismo. En Córdoba pesa muchísimo la figura presidencial. En Buenos Aires suceden dos cosas simultáneas: está la figura política más ponderada, la gobernadora María Eugenia Vidal, y un PJ que viene de perder tres elecciones consecutivas. Con una legión de intendentes declinantes.

Aquellos dirigentes que promueven la unidad formaron una mesa de acción. Están Agustín Rossi, Felipe Solá, Daniel Arroyo, Alberto Fernández, el ex jefe de Gabinete, Daniel Filmus y Fernando “Chino” Navarro, del Movimiento Evita. El jefe de los diputados kirchneristas interrogó si la ex presidenta había sido consultada. “Fue notificada”, le replicaron. La primera tarea sería abrirle las puertas a Florencio Randazzo y Sergio Massa. Los dos crucificados por Cristina. Las únicas cartas a mano para intentar encender una llama en la oscuridad peronista bonaerense.

Son aprontes de un capítulo que no tiene escrito siquiera el primer renglón.

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