Cómo dos futbolistas pueden terminar con la grieta en España

Miércoles, 4 Octubre, 2017
Fuente: 
Clarín
Sergio Ramos y Gerard Piqué son una imagen de gran parte de la España y la Cataluña actuales y poseen la valentía que no tienen los políticos para dar la cara.

Gerard Piqué y Sergio Ramos. Campeones del mundo y de Europa con España y campeones de Europa varias veces con el Barsa y el Real Madrid. 94 y 145 partidos con el equipo nacional, respectivamente. Cada uno es de cierta forma la bandera de su club. Cuando lo buscan y cuando no.

Sus formas de ser, su incontinencia verbal, para bien y para mal, son una imagen de gran parte de la España y la Cataluña actuales. De su convivencia y sus broncas, de sus lágrimas y sus victorias. Reflejo de la grieta que separa a muchos catalanes del resto de españoles. Dos relatos.

Tal vez no haya equipo nacional con dos jugadores tan diferentes y a la vez tan similares. Dos portentos físicos, dos de los mejores zagueros del mundo, con una salida limpia de pelota desde atrás, rápidos y contundentes, imparables por alto, dos jugadores con una lista de títulos al alcance de muy pocos.

Dos tipos con carácter, que hablan y discuten, muy activos en las redes sociales, que polemizan cada uno defendiendo sus ideas sin miedo (¿no afeamos a los futbolistas que no tengan ideas?) Y que se equivocan, como nos equivocamos todos. Pero que tienen la valentía que no tienen los representantes políticos para salir a dar la cara, dialogar y pedir perdón. Para cerrar la grieta, si la cremallera todavía no se rompió del todo.

Los periodistas no deberíamos escribir en primera persona, pero las cursivas del título de esta nota sirven de excusa. Quiero que Piqué siga en el equipo nacional y que Ramos siga dándole abrazos. No quiero patriotas de hojalata, quiero tipos grandes, con un carácter, con (y perdone el lector) muchos huevos y que nunca dan una pelota por perdida.

La España futbolística ganó lo que ganó en la última década por los pies de cirujano de Xavi Hernández, las manos milagrosas de Casillas, las diabluras de Silva, los goles sacados de la galera de Villa, el corazón enorme de Puyol, la engañosa fragilidad del mago Iniesta, el orden que daban Busquets y Xabi Alonso. Y tantos otros que contribuyeron a la mejor época del fútbol español.

Pero todo ese entramado, que ahora, camino al Mundial de Rusia, intenta renovarse mientras España va (¿sin freno?) a los garrotazos de una famosa pintura de Francisco de Goya, se sostuvo y se sostiene en dos firmes pilares: Gerard Piqué y Sergio Ramos. Con ellos juntos en el campo, España sólo perdió 10 partidos, la mayoría amistosos.

Tipos grandes, tipos que son el veneno y a la vez el antídoto de un país diverso que los necesita a ambos. Ramos es ya el capitán y un competidor inmenso. Con sus ideas y su carácter, ese carácter a veces iracundo que le hace aún más fuerte.

Piqué es su antagonista y a la vez su hermano. Una bandera para gran parte de Cataluña. El equipo nacional sería peor sin él, no sólo por lo que aporta como jugador, sino porque su retirada, a la que le empujan lo peor del nacionalismo español y lo peor del nacionalismo catalán, sería la victoria de quienes fomentan el odio, también desde muchas tribunas y micrófonos que nos hacen a todos peores.

España juega este viernes en Alicante contra Albania. La victoria, tras aplastar a Italia en septiembre dando ya galones a algunos nuevos como el andaluz Isco y al balear Asensio, para renovar y a la vez conservar una idea de fútbol generoso con el hincha, le abriría las puertas del Mundial de Rusia. Piqué y Ramos estarán ahí. Dejando el alma, como siempre hicieron. El estadio se llenará de banderas españolas y una parte de la hinchada silbará a Piqué.

No me gustan las banderas, no abrigan. Con un palo pueden hacer daño. Y España, con su trágica historia, se está llenando estos días de banderas. Pero me gustaría que mis compatriotas las usaran para algo bueno. Sé que es casi imposible que suceda. Pero me gustaría que hubiera, junto a las españolas, muchas banderas catalanas. Ayudaría a cerrar algunas de las heridas de estos días, a calmar un ambiente tenso y oscuro, a cerrarle un poco la boca a los fanáticos.

Que se aplaudiera a Piqué como a Ramos. Y que después hubiera un gol de cabeza en un córner en esa jugada que tan bien hacen entre los dos cuando uno bloquea al defensor rival para que el otro salte sin oposición.

El día que Ramos y Piqué dejen de abrazarse, la España futbolística perderá mucho. A los catalanes y al resto de los españoles, aunque muchos hoy no lo vean, se nos romperá algo para siempre. Hay incluso otro cuadro de Goya que sirve como metáfora de ese posible escenario: Perro semi hundido. Ese es el riesgo